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El límite

Todos tenemos, de vez en cuando, uno de esos días que parecen noche; días que lo mejor que uno puede hacer es terminarlos. Esos días se presienten…


Te levantás un lunes y todavía está oscuro. Salís de la cama y te invade ese aire frío y húmedo que no se corresponde con la época; y llueve, obvio. Diluvia.


Te acordás que te olvidaste de comprar el paraguas mientras vas esquivando charcos hasta la parada del bondi, en el que viajas parado, por supuesto.


Llegás al laburo empapado y te quedás así toda la tarde porque esa campera de mierda no te salvó de una mísera gota. Puteas para adentro al forro que te la vendió como impermeable mientras buscás dónde carajo secar el buzo, porque no hace tanto frío como para que esté prendida la estufa, pero tampoco hace tanto calor como para quedarte en remera. Y así arrancas, con un buzo mojado y unos jeans que pesan mil kilos. Y el día se hace eterno.


Sentís tus ganas de vivir escurrirse como el agua de tu campera que está colgada en el perchero goteando sobre tu mochila, pero la piloteas. De alguna manera lográs sobrevivir al día más gris y apático de la historia, y aunque te queda toda una semana por delante sentís que podés. Y la tarde pasa aunque afuera siempre esté igual, ese gris apático.


Seis de la tarde, aunque tranquilamente podrían ser las nueve. Te ponés tu campera mojada y la sensación de asco te invade, pero te obligas a sonreír. Terminó el lunes, te decís a vos mismo, como convenciéndote de que tenés motivos para estar alegre. Afuera apenas garúa, y además ya estabas húmedo. No es tan grave, pensás, y te aventuras a la calle. Querés elegir en el celu la música que te va a acompañar esas cuadras, pero cada gotita que cae sobre la pantalla te caga la vida. Ya fue, arrancás con ese tema pedorro que tocó en suerte, que en ese contexto es más deprimente que el silencio.


El bondi tarda mil años y viajas parado con esa humedad del ojete que se palpa en el aire y empaña los vidrios. El tránsito está imposible, obvio, porque se sabe que cuando llueve la gente se vuelve un poco más pelotuda. Tardás el triple, pero llegás. Sólo algunas cuadras te separan de la gloria que representan el sillón y el café calentito en un día como este. Y cuando pensabas que tenías controlada toda esa inestabilidad emocional, que habías sobrevivido a un potencial suicidio (u homicidio, también era una chance), pisas una puta baldosa floja que te sumerge el pie en el agua más fría, incómoda e hija de puta del mundo y sus alrededores.


Cruzaste el límite, se fue todo al carajo. Puteas a los cuatro vientos mientras una madre con pinta de infumable le tapa los oídos a su hijo y te mira con cara de odio. Pero no te importa, nada puede ser peor; el universo rompió los códigos y ya nada tiene sentido. Porque el mundo puede ser una mierda, porque los forros pueden costar $5000, porque el feriado puede caer domingo, pero el límite de nuestra salud mental, todos lo sabemos, es pisar una baldosa floja un día de lluvia.

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