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La Identidad


A principios del siglo pasado nacieron en las afueras de Miramar dos gemelos idénticos. Su padre falleció antes de verlos nacer y fue su madre la encargada de elegir sus nombres. Al que nació primero decidió ponerle Victorio, en honor a su padre, el gran capataz de su modesta estancia; al segundo lo llamó José.

El nacimiento de dos bebés exactamente iguales había alterado los nervios de todo el pueblo, especialmente de su madre, que no esperaba parir por duplicado, ni contaba con la súbita muerte de su esposo.

Estaba sola.

Los años fueron pasando y los chicos crecieron. Después de la muerte de su abuelo, la madre se encargó de llevar adelante la estancia y, cuando los gemelos tuvieron la edad suficiente, los llevó a trabajar la tierra.

Desde sus primeras tareas Victorio demostró mucha fuerza y capacidad. Su madre solía llevarle agua fresca al mediodía y se quedaba mirándolo largo rato, diciendo para sí misma frases como “no en vano lleva su nombre, papá”.

José, por su parte, nunca pudo hacer pie. Su desempeño era pobre y poco a poco se fue ganando la antipatía de su madre. Día tras día José veía, entre los pelos de su flequillo transpirado, como su hermano se convertía en un hombre, en el orgullo de su mamá y el futuro de la estancia. La relación de José con su madre se fue erosionando rápidamente, mientras el vínculo de ella con su hermano se volvía cada vez más cálido y cercano.

No pasó mucho tiempo antes de que los hermanos empezaran a mirarse con desconfianza. Mientras Victorio veía en José a un competidor inferior, José le atribuía a su hermano todo su infortunio. Haber nacido segundo implicaba automáticamente ser la sombra del primero, una mera copia. Tenía claro que si la comida, el espacio, o el amor de su madre no alcanzaban, el que sobraba era él.

Fue así que decidió tomar cartas en el asunto, y una noche lluviosa asesinó a su hermano a sangre fría. Su navaja le abrió la garganta con un tajo limpio y preciso, y él se quedó de pie mirando atentamente como la vida de su hermano se escurría entre los dedos que intentaban cubrir la herida.

El resto del plan era simple. Envolvió el cuerpo de Victorio con la misma sábana sobre la que había muerto minutos antes, luego lo ató a su caballo y cabalgó varios kilómetros al sur, donde enterró el cuerpo. La lluvia cumplió su parte ablandando la tierra y José hizo desaparecer a su sombra para siempre.


Al día siguiente José trabajó la tierra como nunca antes, y volvió a repetirlo al día siguiente, y al otro, y al otro. Pero su trabajo parecía no alcanzar.

Victorio está en la casilla má, está enfermo, decía a su madre cada vez que ella preguntaba, visiblemente preocupada, por la ausencia de su primogénito.

Pero cada día que pasaba, la situación empeoraba para José. El trabajo se acumulaba, y su madre, cada vez más preocupada, insistía con ir a verlo a la casilla o llevarle un doctor. Era cuestión de tiempo para que descubrieran su crimen.

Entonces entendió que aquello que odiaba, aquello que lo había llevado a cometer un acto tan atroz, era lo mismo que podía ayudarlo en ese momento: era la copia exacta de su difunto hermano. Entonces tomó la decisión, se haría pasar por Victorio.

Se vistió con ropas de su hermano, adoptó su postura, imitó sus gestos; practicó toda la noche. El trabajo surtió efecto, y nadie, ni siquiera su progenitora, notó el engaño.

Estoy enfermo, madre, repetía el falso Victorio simulando debilidad, pero ya me pondré bien.

Durante un tiempo el plan de José funcionó bien, pero los zapatos de su hermano Victorio eran difíciles de llenar, y su frágil cuerpo apenas podía mantener el ritmo necesario. Cada noche en su cama José se lamentaba por sus dolores mientras repasaba en su cabeza las cosas que tenía que mejorar. Y cada día José sufría las preguntas y preocupaciones de su madre y, cada vez más seguido, José debía hacerse pasar por su hermano.

Donde esta el Victorio, preguntaba constantemente su madre, ya se que anda enfermo, pero lo necesito, gritaba y sollozaba cada día, y cada día José debía adoptar el rol de su hermano.

A pesar de que tanto esfuerzo lo había forjado, y que su cuerpo era ahora capaz de resistir todas las faenas como lo había hecho su hermano, entendió que jamás podría reemplazar a Victorio ante los ojos de su madre.

Y día tras día se vistió con las ropas de su hermano y se comportó como él, ante su madre, ante los peones, ante el pueblo y ante sí mismo. Día tras día se acostó en la cama completamente exhausto, incómodo, infeliz, sintiendo como su existencia transcurría siendo una copia, la imitación de su hermano, de su versión mejorada, del original de su propia persona; y nunca tuvo tiempo de pensar cuánto hacía que ya nadie preguntaba por José.

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