Petardo
- Juanka Sueldo
- 18 jun 2025
- 4 min de lectura

Me ocupaba de mis propios asuntos aquella tarde soleada de abril cuando esos jovencitos aparecieron en mi campo visual. El banco en el que estaba sentado daba justo al rincón de la plaza donde los mencionados cuchicheaban y reían en las sombras.
No seas boludo, que nos van a ver – dijo uno, con la boca de costado
Callate gil – replicó otro.
Habían formado una ronda y miraban con asombro lo que uno desenvolvía en el medio. Lo que fuera que estuvieran haciendo tuvo que ponerse en pausa varias veces, ya que quien oficiaba de campana debió chistarlos por presencias extrañas.
Entonces lo vi, escondido entre los cuerpos y los dedos del grupo, el petardo más gordo que había visto en mi vida. El olorcito llegó hasta mi banquito mientras los pibes se miraban nerviosos, sin saber bien cómo proseguir.
Che, boludo, ¿trajiste fuego? – preguntó el más alto (y por eso supongo), líder del grupo.
La tímida negativa del pequeño que parecía tener encargada la parte del encendido me dio ternura. El alto se ofuscó, pero no dijo nada.
Dentro de poco van a nacer hablando, hubiese dicho mi abuela en ese momento, de haber estado sentada al lado mío. Y la vieja hubiera tenido razón; no llegaban a los quince años los pibitos, y ya andaban pegando petardos en los rincones oscuros de las plazas. En mi época esperábamos hasta los dieciséis, mínimo.
Pidámosle fuego a alguien – propuso el colorado de rulos.
No podemos, gil. No podés ir a pedirle fuego a alguien y llevártelo para usarlo en otro lado. – le contestó el pelilargo, poniendo un poco de sentido común.
Además está húmedo y se apaga.
Juntemos plata y compramos un encendedor. – propuso un anónimo
O una cajita de fósforos, que es más barata. – retrucó el pibito del sentido común. Empezaba a pensar que el líder de la banda era él.
Desde mi banco vi como el grupo se ponía de acuerdo y se dividía cual esferas del dragón, copando todos los ángulos de la plaza.
¿No era moralmente reprobable la conducta de los pibes? ¿Era hipócrita de mi parte pensar así a pesar de haber hecho en mi juventud las mismas estupideces que estaban haciendo ellos? Estaba absorto en mis pensamientos cuando uno de los pibes me abordó.
Señor, ¿no me da una moneda?
Y yo se la di, creo hoy, por maliciosa curiosidad. No quería ser yo quien arruinara su odisea, ni quería perderme sus consecuencias.
El grupo se reunió de nuevo en su oscuro rincón y contabilizó las ganancias; yo rezaba para que hubiesen juntado suficiente. El más petiso salió corriendo y se perdió por la esquina; los miembros remanentes permanecieron en guardia nerviosa, resguardando su tesoro. Yo, desde mi banco, observaba toda la historia.
Supuse que el policía que rodeaba el parque los había visto porque lo vi dirigirse directo a ellos, con su visera bien baja. Pensé que ese sería el final de la aventura, pero nuevamente el líder sacó a relucir sus dotes para demostrar que estaba a la altura de su puesto. Con tres frases y cuatro gestos se deshizo del oficial justo cuando el niño del fuego regresaba triunfal del kiosco. Festejaron la obtención del aparato incendiario y regresaron a las sombras. Una vez en ronda se pasaron el petardo de mano en mano para oler sus cualidades, y una vez completada la ronda, entre risas y nervios, se dispusieron a darle mecha.
Tené cuidado, gil – susurró uno
Fijate que no venga nadie – suplicó otro.
Hace carpita boludo, dale, ¡dale! – gritó alguno. Y ahí sucedió.
El ruido me dejó momentáneamente sordo. Entre el humo oscuro que emanaba del rincón se escuchaban los gritos y llantos de la totalidad de los goonies criollos; a uno lo vi salir corriendo, curiosamente era el más alto. Pensar que en mis tiempos ese hubiese sido el jefe de la pandilla; como cambia todo.
Mientras algunos adultos llegaban corriendo de todas las direcciones los pibes iban apareciendo entre la niebla y el olor a pólvora. Con tanta ceniza no logré deducir quién había sido el autor material de la explosión, pero tenía la mano envuelta en su remera ensangrentada y lloraba.
Te dije que no te juntaras más con el pelotudo de Jorgito – reclamaba a los gritos una señora que se llevaba a su hijo a la fuerza.
El de las ideas raras es tu hijo, ¡enferma! – le contestó con furia la que supongo era la madre de Jorgito.
Varios adultos responsables fueron llegando al rincón donde otros adultos responsables intentaban entender lo que había pasado.
Los chicos están descarriados, ¡descarriados les digo! – chilló una señora mayor al pasar por el tumulto.
Yo permanecí sentado en mi banco unos minutos más, divirtiéndome con el grupo de adultos que intentaba armar el rompecabezas sin éxito, pero enseguida el humo se empezó a disipar, y con él mi interés por la historia.



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