Reino de Perros
- Juanka Sueldo
- 5 jun 2025
- 4 min de lectura

Hubo una época en la que los perros dominaron el mundo. Bueno, quizás no el mundo, pero sí mi ciudad, que es lo mismo que decir mi pueblo.
La gloriosa república de Miramar estuvo una vez reinada por una honorable jauría callejera. Los datos que compartiré a continuación son francamente incomprobables, y probablemente falsos, pero así me gusta imaginarlos y recordarlos.
*Los nombres de los canes fueron cambiados para proteger su identidad.
Miramar, por supuesto, fue fundado por hombres de honor y decencia. Hombres que vieron en estas tierras un potencial único, digno de ser explotado. Hombres que arremangaron sus camisas y se pusieron las palas al hombro. Irguieron así sus plazas, su monumento y su iglesia, que está extrañamente alejada del centro cívico. Pero todos en la escuela sabíamos (aún cuando los maestros y profesores lo negaran a rajatabla) que los verdaderos héroes fundadores habían sido un grupo de perros callejeros que, respetuosamente organizados, se dividieron las tierras y juraron respetar por siempre los límites de sus territorios.
Vivía yo en un barrio céntrico cuando tenía unos diez años y, debido a mi corta edad, no me alejaba de un radio de cinco cuadras. Mi mejor amigo, a quien llamaba por su apellido, vivía a cuatro calles de distancia, y a mitad de camino teníamos un terreno baldío que oficiaba de estadio para cualquier deporte que se nos ocurriera practicar.
Aquellas manzanas eran custodiadas por Nipi, un can de color blanco decorado con irregulares manchas marrones. Solíamos verlo todas las tardes descansando a la sombra de su árbol favorito, en la entrada de su fortaleza en forma de taller mecánico. Cuando el sol comenzaba a caer, y nosotros nos cansábamos de correr atrás de la pelota, el viejo Nipi se acercaba a nuestra cancha y nos escoltaba a casa sin dejar de mover la cola.
No fue hasta la preadolescencia que me enteré de la existencia de los otros. El detonante fue un par de rollers que me regalaron para navidad. Con la adquisición de aquel nuevo vehículo mis fronteras se extendieron y comencé a frecuentar La Peatonal, que de peatonal sólo tenía su nombre, ya que únicamente se cerraba al tránsito en verano.
Patinábamos con otro mejor amigo (a este lo llamaba por su nombre) las seis cuadras que separaban mi casa de los videojuegos Melody, antro al que íbamos todas las tardes a jugar al Mortal Kombat. Fue ahí donde conocí a Rita y descubrí que las leyendas de la jauría eran ciertas. Jamás vi a Nipi frecuentar esas calles, aunque siempre me recibía con cariño cuando volvía a mi cuadra. Sin embargo, Rita se pasaba todas las tardes merodeando La Peatonal, y particularmente los videojuegos, como protegiéndonos de aquella clientela adolescente y sus comportamientos turbios, que incluían fumar, apostar en los fichines y faltar a sus actividades extracurriculares. Rita tenía un porte más amenazante que el viejo Nipi, su territorio lo demandaba; no recuerdo haberla visto nunca al resguardo, siempre andando y vigilando…
Cuando las monedas se acababan surgían distintas opciones de diversión; las más elegidas solían ser la clásica guerra de coquitos en la plaza de enfrente, o treparnos a un árbol de moras a “merendar”. Este famoso árbol me fue presentado por un amigo que hice en los videojuegos; vivía cruzando la avenida Mitre y era muy bueno jugando al Mortal Kombat, particularmente luchando con Sub Zero. Creo que mi madre nunca supo que me alejaba hasta el otro lado de la avenida, pero yo me sentía seguro ya que era territorio de “Ojo loco” (nunca supimos su nombre real). “Ojo” era una bestia formidable, de gran tamaño y un amenazante ojo izquierdo azul brillante. Recuerdo haberle tenido respeto cuando me lo crucé las primeras veces, y quizás él también sentía esa mezcla de desconfianza y curiosidad cuando me veía llegar, pero no tardamos en hacernos amigos. Ojo solía merodear la cuadra del árbol cuando sabía que estábamos ahí, y siempre ligaba alguna que otra mora.
Como todo miramarense, más pronto que tarde tuve mi propia bici playera y los límites desaparecieron. Con mi grupo de amigos comenzamos a conquistar todos los barrios de la ciudad. La peatonal de Rita seguía siendo un punto de encuentro, pero los días de sol nos llevaban a pedalear por la costa, adentrándonos en el territorio del viejo Pilcha.
Casi podría asegurar que Pilcha fue testigo del primer beso de casi todos nosotros. Estábamos en esa época de los primeros acercamientos; bicicleta, pasto, arena, galletitas, y aquel pequeño perro siempre acostado al lado, viendo como le robábamos algún beso a nuestras compañeras de aventuras, y de paso ligando alguna galletita.
Pero como todo en la vida cambia, también el reino de los perros. Eventualmente cambié mi eterna bici por una motito, y aquellos días de paseos y punk rock los recuerdo como los últimos del imperio.
Cuando no estábamos escuchando discos de Green Day o The Offspring en alguna casa, andábamos recorriendo la costanera en nuestras motos. Desde el centro hasta el muelle ida y vuelta, vuelta e ida, éramos siempre acompañados por el legendario Merca, un pequeño perro blanco llamado así, no tanto por su color, sino más bien por su capacidad de correr a la velocidad de nuestros vehículos durante todo el trayecto.
Ese incansable can es el último monarca que recuerdo de aquellos tiempos. Un día simplemente desapareció de su territorio, y nosotros dejamos de recorrer la costa en moto. Me mudé de barrio y dejé de saludar a Nipi todas las tardes. Nuestros videojuegos dejaron de existir y la plaza fue remodelada; los coquitos se extinguieron.
Aún paseo por esos lugares, incluso suelo escuchar Green Day en el estéreo de mi auto, pero nada es igual. Hay nuevos perros dispuestos a ladrar con furia a mis ruedas cuando paso por sus calles, o pelearse entre ellos cuando se cruzan en alguna esquina limítrofe. No quedan muchos descendientes de aquellos nobles guardianes, y los que permanecen necesitan ser protegidos por grupos de personas que defienden sus derechos. Su tierra ya no les pertenece. O quizás yo estoy viejo y nostálgico y los pibitos de hoy en día, aún con todos los cambios, siguen siendo amigos y protegidos de una nueva generación de perros nobles que velan por ellos y los acompañan a casa después de un picadito.
Ojalá sea eso.



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