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Lo curioso de los recuerdos



Siempre me pareció intrigante pensar en cómo funcionan los recuerdos. De repente, un día cualquiera, algo se te adhiere en la cabeza y se queda ahí para siempre. A veces uno se da cuenta en el momento (y esos recuerdos son los mejores) que está viviendo algo histórico que se le va a quedar en el cerebro por el resto de su vida. El recital de Pearl Jam del 2011, la copa libertadores del 2018 que ganamos en Madrid, esa anécdota irrepetible de un viaje. Pero hay otros recuerdos que son puramente random, que no sabés por qué, pero ahí están.


Eso me hizo pensar en Oscar.


Oscar era un tipo grande, entrado en años (para ser educado); tenía un estómago prominente, el pelo completamente blanco y algunas otras marcas de la edad. Oscar iba a pescar al mar. Llegaba en su autito, preparaba su caña y se paraba al borde del acantilado a tirar la línea. Desde el costado del auto, acomodadas en clásicas reposeras, lo miraban su mujer y su cuñada.


Me acuerdo que Oscar era malísimo. No solo no pescaba nada, sino que rompía la línea bastante seguido, y sus torpes movimientos en la lucha por sacar al pez del agua asustaban a los curiosos que lo veían bailar al borde del risco. Su mujer, que debía estar acostumbrada ya que jamás la vi inmutarse, lo miraba tranquilamente, entre mate y bizcochito, mientras él peleaba solo contra el mundo.


La verdad es que no lo conocí a Oscar. Oscar, quizás, ni siquiera se llamaba Oscar. Oscar era un sólo tipo algo torpe que pescaba en un acantilado sobre el mar a duras penas, pero su imagen peleando contra los peces quedó grabada en mi cabeza. ¿Y por qué me quedó grabada la secuencia de aquel pescador desconocido? Sin dudas he visto miles de pescadores a lo largo de mi vida y, para ser justos, Oscar (tal vez) tampoco era tan malo, ni su baile con la caña era (tal vez) tan ridículo. Pero cuando revuelvo mis recuerdos ahí está, Oscar, Oscarcito, el pescador.


Escrutando su imagen en mi cabeza recreo aquella tarde de sol. Mientras él intentaba atrapar un pez yo estaba a pocos metros, sentado en mi auto, mirando el mar y tomando un helado con la mejor compañía posible. Recuerdo la subjetiva desde la comodidad de mi butaca y las risas que brotaban mientras le inventábamos un nombre y una historia, y siento en mi cuerpo esa sensación de liviandad, como cuando sentís que estás en el momento y el lugar indicados, y todo está calmadamente bien.


El momento y el lugar nada tenían que ver con Oscar, que quizás ni siquiera se llamaba Oscar, pero llevo su imagen en mi cabeza y a través de ella recreo y revisito aquella tarde, una de tantas, pero que gracias a él me acompaña siempre. Y así Oscar deja de ser Oscar y se transforma en el mar, en el sol y el vientito salado que entraba por la ventana; se vuelve felicidad y complicidad, y su danza de pescador torpe me vuelve a sacar una sonrisa.


Quizás los recuerdos random sean justamente eso, anclas que tiramos, banderitas que le ponemos al tiempo para que, cuando miremos para atrás y las encontremos, vuelva a nosotros un momento que pasamos por alto, pero nuestro inconsciente no quiso que olvidáramos.


Quizás tendríamos que acordarnos de plantar un Oscar cada tanto para que no nos resulte difícil encontrar esos instantes, y no dejar que se pierdan en la vorágine, entre tantos.


Donde quiera que estés, Oscar (si ese es tu verdadero nombre) te mando un abrazo fuerte y espero que hayas atrapado muchos peces.

 
 
 

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