Oda al Videoclub
- Juanka Sueldo
- 28 may 2025
- 4 min de lectura

Unos veinte o veinticinco años atrás, allá por el 10 Antes de Google, la vida era muy, muy distinta. Todavía no estábamos hiperconectados ni sobreinformados, y estar al tanto de las cosas no era tan simple como lo es hoy en día.
Mientras que en estos tiempos nos alcanza con presionar la pantalla de nuestro celular (ni siquiera un botón) y preguntarle nuestra duda, en aquellos años uno debía ponerse creativo y usar lo que tenía a mano.
Si queríamos tener nuestra canción favorita en el walkman teníamos que pasarnos horas escuchando la radio, esperando agazapados sobre el play/rec solo para que, cuando la emisora finalmente pasara nuestra canción, la maldita publicidad pisara el tema justo al comienzo del estribillo. Esto es.. FM La Chota, decía el locutor, y nos dábamos cuenta que todo había sido en vano.
Si en una de esas nos interesaban los videojuegos le pedíamos plata a nuestros viejos para ir al kiosco de diarios del barrio a comprar la PC Juegos (con suerte) los primeros días del mes. La posibilidad de ver la foto de un par de tetas dependía exclusivamente de algún hermano mayor o un kiosquero copado. Necesitábamos calle y viveza para encontrar un rebusque para cada interés que pudiéramos tener.
Pero por suerte para nosotros, en aquellos tiempos existía un reducto cultural, hoy extinto, donde podíamos ponernos al tanto de todo. Si bien tenía su nombre de fantasía, solíamos llamarlo, con cariño, El Videoclub.
Como su nombre lo indica, el videoclub era un lugar en el que los socios podíamos alquilar cualquier película; básicamente un Netflix analógico con disponibilidad acotada, generalmente reducida a dos o tres copias de cada título. Pero decir que un videoclub era solo un local que alquilaba películas es como decir que un libro son muchas hojas entre dos tapas, o que el fútbol son 22 personas corriendo detrás de una pelota. Y si bien su medio de subsistencia era, efectivamente, el tome y traiga de vhs, para quienes nos tocó ser adolescentes en esos tiempos era MUCHÍSIMO más.
Pasábamos horas revolviendo las cajas llenas de todo tipo de películas sin saber lo que nos podíamos encontrar ya que todo era novedad, porque en aquellos años todavía no existía YouTube para mostrarnos un tráiler anunciando la fecha del tráiler oficial de la próxima peli.
En esas cajas de pandora el estreno convivía con el clásico, y la clase B más trash descansaba junto al blockbuster pochoclero del año (de ese había pocas copias y siempre estaban alquiladas). Era emocionante y abrumador. Esa era nuestra sobreinformación. Un mar de data que nos seducía con sus portadas dibujadas y nos pedía a gritos que le echáramos un ojo y leyéramos su sinopsis. Aún hoy recuerdo las portadas de muchas pelis que me hicieron flashear y nunca llegué a ver.
Para guiarnos en ese maravilloso viaje existía una figura mítica, un ser que fue encarnado por muchísimas personas que, sin saberlo, cumplieron un rol fundamental en la vida de miles de pibes y pibas, no solo a fines prácticos, sino espirituales. Una suerte de mentor en nuestro camino del héroe, nuestro propio Señor Miyagi, llamado cariñosamente El tipo del Videoclub.
Su figura estaba usualmente rodeada de un aura de respeto y admiración. Se nos presentaba como un ser superior que conocía todo lo que nosotros queríamos conocer tanto como nos conocía a nosotros (lo cual era un honor), y era capaz de recomendarnos las pelis que sabía que nos volarían la cabeza. A veces, si teníamos suerte, su guía no se limitaba al mundo del cine, sino que podía recomendarnos bandas de rock, libros, revistas y cualquier tipo de consumo cultural que, en los primeros años de nuestra adolescencia, era vital para nuestra formación como personas. Y dicho sea de paso, en muchos casos fue gracias a él que pudimos ver nuestra primera porno.
El tipo del videoclub siempre estaba ahí para guiarnos y aconsejarnos, y cuando nos saludaba por nuestro nombre el pecho nos explotaba de orgullo. Todos queríamos ser sus amigos. Fue él quien nos hizo entender cuánto le debíamos a Spielberg, el que supo recomendarnos esa peli para ver a solas en una cita y el que nos mostró esa joya de culto, perdida y olvidada, que nos partiría la cabeza en dos y nos marcaría para siempre.
Nada hubiese sido lo mismo sin su mitológica figura, y me resulta increíble que al día de hoy no existan los debidos estudios científicos y sociológicos sobre ella. Y aunque la historia de la humanidad haya decidido ignorarlo, hoy siento la necesidad de reivindicar a este ser, a esta entidad encarnada en miles de personas que se prestaron a tan noble labor y fueron una guía indispensable para toda una generación.
A todos esos tipos, a todas esas tipas, sepan que fueron fundamentales en nuestras vidas, y les estaremos siempre agradecidos.
Gracias por mostrarnos El Cuervo y contarnos la historia de Brandon Lee.
Gracias por recomendarnos La naranja mecánica y hablarnos de la locura de Kubrick.
Gracias por hacernos saber que existía Tarantino.
Gracias por invitarnos a ver a esa banda de rock del barrio que nos acompañó por años.
Gracias, sobre todo, por guiarnos en nuestros primeros pasos por este apasionante mundo que hoy forma parte de todos nosotros.
Aguante el videoclub.



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